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La
niña está bien 
de Enrique
de Hériz
La frase: «La niña está bien» acude
de pronto como un mantra. La necesita tanto en ese momento
y es tan tranquilizador su efecto que casi se sobresalta.
Mira a su alrededor como si buscara a quien pueda haberla
pronunciado, aunque sabe bien que sólo ha sonado en
su cerebro. La niña está bien. Rechaza el impulso
de repetirla en voz alta, aunque sospecha que durante las
próximas horas apenas habrá en su mente espacio
para otras palabras. Se las diría a su compañero
de asiento, a la azafata, a cualquiera que lo mire o le dirija
la palabra. Respira hondo. La niña está bien.
Cuatro palabras.
También hay números. Veintinueve semanas. Una
noche. Sólo una noche. Se lo dijo a Isabel al ver que
se inquietaba. Sólo será una noche. Y tú
apenas estarás de veintinueve semanas. En aquel momento,
la inquietud de Isabel parecía irracional, pura neurosis.
Nadie se pone de parto en la semana veintinueve y, por mucho
que se complicaran las cosas, sólo iba a estar fuera
una noche. Mucho tenía que apurarse el azar para que
se dieran las cosas tan mal. Aprovecha que aún no despegan
para encender de nuevo el teléfono y vuelve a leer
el mensaje: «Urgente. Isabel de parto.» Cuatro
palabras. De hecho, la primera sobra. Qué mal fario.
Si el mensaje fuera de la propia Isabel, seguro que se habría
preocupado de dar más detalles. Pero se lo ha enviado
su suegra. No se atreve a interpretar si eso es, en sí
mismo, una señal preocupante. Intenta llamar. Lleva
toda la mañana intentándolo, pero siempre le
sale el buzón de voz. Eso sí es mala señal.
Una azafata pasa a su lado por el pasillo y él apaga
el teléfono con un gesto brusco, como de niño
pillado en plena travesura. La culpa. Encoge el cuello y olisquea.
¿Se nota? No está seguro. Pellizca la pechera
de la camiseta y tira de ella hacia arriba para enterrar la
nariz y aspirar a fondo. Tal vez sí huela un poco.
...
La versión completa del
relato se encuentra en la antología
Scrittori d'Europa 2007 (Bonanno Editore, Acireale-Roma,
2007)
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editorial
A pesar de que, de vez en cuando, profetas fáciles, para
los que no es extraña la necesidad de montar casos mediáticos,
están preparados para decretar el final de la novela,
ésta no deja de apasionarnos y asombrarnos
con su capacidad inagotable de narrar el accidentado camino
del hombre hacia la modernidad. Contribuyen a hacerlo vivo no
sólo los escritores europeos, con su tradición
consolidada, y los escritores norteamericanos, que se han anclado
a esta tradición, sino también escritores de partes
del mundo que hoy nos interesan más que nunca: africanos,
indios, israelíes, libaneses, paquistanos, sudamericanos,
etc… Sus novelas son preciosas puertas abiertas sobre
realidades desconocidas, sobre diferentes culturas y pueblos,
porque la novela [...continúa] |
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